‘Greñúa’. Coja. 'Jabá’. Tuerta. Gordita. 'Bembúa’. Enana. El avioncito de la casa. Manca. Prieta. Bizca. Mona. 'Barrigúa’. Mañosa. Pobretona. La familiaridad con que los dominicanos reciben, escuchan o aplican estas etiquetas muchas veces les impide ver el efecto negativo que provocan en quienes las reciben.
Y aunque el tema no siempre está relacionado con el racismo -aclara la psicóloga clínica y social Fiordaliza Alcántara- las etiquetas traen como consecuencia la discriminación y la discriminación se da en todos los escenarios: en la familia, en las empresas y en los grupos de convivencia.
“El concepto de racismo es muy focalizado, pues hace referencia a la condición étnica de la persona y en República Dominicana se le otorga un matiz negrofóbico”, explica Alcántara.
Los rótulos, en cambio, suelen otorgarse en alusión al color de piel, origen, condición social o discapacidad de la persona.
“Por eso es bueno saber diferenciar cuándo tenemos actitudes o comportamientos racistas y cuándo usamos etiquetas estigmatizantes o discriminatorias”.
Porque regularmente, dice Alcántara, no todas las personas que etiquetan son conscientes del impacto que tienen esos rótulos en la vida del destinatario.
“En la práctica profesional encontramos continuamente personas que van a consultas y el origen de todos sus problemas es una marca, un rótulo que se le puso en su temprana infancia, entre los más suaves 'el gordito’, 'el cojito’ o 'el patito feo de la familia’”.
¿Cuál es el problema? Que las etiquetas no suelen asignarse con elementos positivos, dice, sino despectivos.
Cuidado con las etiquetas
En la familia, una de las etiquetas despectivas más usadas es la relacionada con el color de piel. Al niño que es de tez más oscura le dicen ‘mono’, ‘prieto’, ‘feo’.
“Si soy madre de tres hijas y desde mi óptica decido decirle a una de ellas ‘la negrita’, y mi hija ve que yo me relaciono con las personas de tez más oscuras en una relación positiva, amorosa, armoniosa y de derecho, eso no le va a afectar; pero si lo que ella observa es que yo me refiero a las personas de tez muy oscuras con desprecio, entonces sí le impactará”, explica Fiordaliza.
Alcántara señala que se le atribuye a ser negro tantas expresiones negativas que posiblemente “le estás diciendo también que es la menos atractiva, la que tiene menos posibilidades de éxito, la que menos agrada y hasta inconscientemente le estás diciendo que es a la que menos quieren”.
Esta expresión tiene una connotación diferente si viene acompañada de un atributo especial como “mi negrita linda”, “la negrita linda de la casa”, “la gordita bella” o “el amor de la familia”.
Cargas negativas
Detrás de las etiquetas despectivas hay también una carga emocional negativa, apunta Alcántara, pues casi siempre la expresión verbal viene acompañada de una serie de expresiones corporales e indicadores del lenguaje no verbal que tienen que ver con el acento con que se enfatizan frases como “la negrita”, “la barrigúa”, “la moño malo de la casa”, “este va a ser el tíguere de la familia”, el ladroncito de la casa va a ser este”, “es un mañosito, desde chiquito se le ve”.
Esas marcas, aunque pueden presentarse en la adultez, comienzan generalmente en la temprana infancia y van moldeando lo que la persona piensa de sí y la forma como visualiza su futuro.
“Cuando le decimos a una niña que es alegre: ‘Esta ya dice lo que va a ser: una putica’, esta niña va a comenzar a desaprobarse como mujer. Ella misma, desde temprana edad, comenzará a desvalorizarse y a entender que ser una persona alegre, movida o que toma iniciativas es malo”.
Y en el futuro, agrega Alcántara, posiblemente pasará por consulta una mujer con baja autoestima, con pensamientos negativos de sí misma, con inhibiciones para tomar iniciativas y con dificultad de empoderamiento.
“Y cuando buscamos, ¿qué hay? Una etiqueta a temprana edad. Es importante que comencemos a entender y a ser conscientes de que las etiquetas dañan. Las etiquetas dañan emocionalmente a las personas”.
En el trabajo
En las empresas, nunca faltan las situaciones en las que jefes y compañeros de trabajo se refieren de manera despectiva a otro empleado como el incompetente o el lento.
“Y llega el momento en el que el cerebro de la persona comienza a asimilar que es lento y la persona se vuelve improductiva, su trabajo pierde calidad y se deprime porque siente que el contexto social no le valora”.
Es en este escenario donde suele “aparecer” la gente muy “sincera”, aquella que se ufana de decir siempre la verdad y ve en esto una cualidad.
¿Cómo enfrentarlo?
“Somos el resultado de un aprendizaje social y familiar. Casi nunca tenemos la oportunidad de evaluar nuestra vida y evaluar si la forma en que les digo a las personas las cosas es la correcta”, opina Alcántara.
Ocurre, señala, que generalmente las personas que dicen que al otro hay que decirle la verdad, que son muy francas y les dicen al pan, pan y al vino, vino, son personas que tienen situaciones emocionales no trabajadas, con dificultades para reconocer al otro y muchas veces no lo hacen de manera consciente.
En ocasiones, sin embargo, el que etiqueta sí sabe los efectos que provocan su insulto o descalificación, pues basta con observar la reacción de la persona para notar si la hirió, expresa la psicóloga social.
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TRABAJAR LA CONDUCTA
Recomendaciones
Para evitar las heridas que causan las etiquetas, Alcántara dice que los expertos en la conducta recomiendan aprender a hacer una separación de la situación, la conducta y la persona.
“Si converso con mis hijos porque hubo una mala conducta, le hablo de su conducta, nunca usando las palabras ‘eres bruto’, ‘eres incompetente” o “no eres inteligente”. Si le digo que la tarea pudo haber quedado mejor, no es lo mismo que decirle que es bruto o que no puede hacerlo. La idea, sostiene, es diferenciar y hablar en estado de situación, no de condición.
“No es lo mismo si te digo que hoy no estás tan linda que decirte ‘qué fea estás, qué fea eres’; como tampoco es lo mismo decirte ‘me gustó más tu sonrisa de ayer’ que decirte ‘tú no sonríes tan lindo’”.
Para Alcántara, esto implica una transformación social, porque hay que cambiar el tema de cómo se percibe al otro en una condición de derecho.
“O sea, yo no tengo el derecho de decirte manca o fea. No tengo el derecho de decirle a mi hijo ‘qué muchacho tan tope, no sabrás ser profesional’. Yo no tengo derecho para decretar lo que las personas son y lo que pueden ser”.
Las consecuencias futuras del impacto de las etiquetas estarán determinadas por el medio y por las personas que permanezcan alrededor del niño.
“En los últimos tiempos se habla mucho de la teoría de la resiliencia, que es la capacidad que tienen las personas de sobreponerse a situaciones difíciles, enfrentar su entorno y mantenerse”, explica Alcántara.
Hay dos tipos, primaria y secundaria.
Un niño que no es marcado o etiquetado por sus padres en su núcleo primario y en ese núcleo lo que recibe es amor, aceptación, aprobación, afecto y confianza en sí mismo, cuando entre a la adolescencia y los amigos le marquen o etiqueten los efectos le impactarán menos que a un niño que desde temprana edad en su casa fue etiquetado y su autoestima dañada.
“Si a un niño con discapacidad física le dicen en la calle ‘mira el cojito’, pero en su casa ser cojo o ciego no es un problema; o si nos gritan ‘la gordita’ –la mayoría de las mujeres dominicanas somos gorditas- pero como gordita crecemos en un hogar donde somos valoradas y amadas, esas etiquetas no van a tener un impacto significativo”.
Transformarse
Las etiquetas en la temprana infancia provocan una desestructuración de la autoimagen, sigue Alcántara, pero si en medio de estos dos escenarios la persona se rodea de individuos que creen en ella, que no ven lo que vio su familia y amigos de escuela, y en cambio reconocen sus cualidades positivas, esta persona desarrollará su resiliencia, se irá transformando en una persona diferente y el impacto de esas situaciones será menor.
“No quiere decir que no estén. Es posible que las sigan viendo. Hay un principio de autoestima que dice: Lo que los demás piensen de ti no cambia lo que tú eres. Cuando marcan a un animal puedes borrar la marca pero la cicatriz no desaparece. Pero nosotros tenemos una ventaja sobre los animales, y es que podemos trabajar nuestras emociones. Por eso recomiendo a las personas que han sido etiquetadas y que recuerdan esa etiqueta con sensación de dolor, con tristeza o amargura, buscar ayuda”.
Agrega: “Tienes que moverte. Hacer un primer reconocimiento, preguntarte por qué se me aprieta el pecho, por qué se me da esa sensación de alergia, por qué me da dolor de cabeza, por qué me pica la piel. El objetivo es que reconozcan que algo en su vida pasó y que busquen ayuda para trabajar su autoestima, para trabajar las emociones y ese evento, porque definitivamente que se cura. El ser humano se cura, con tiempo y ocupándose en el tiempo de las situaciones”.
¿Te gusta rotular?
Alcántara aprovecha para dar un consejo a las personas que tienden a etiquetar y que les gusta decir ‘esa verdad transparentemente dolorosa’:
“Hay otro un principio de autoestima que dice: Dale a los demás lo que tú crees que te mereces y necesitas”.
Espacios para trabajar
Personal. “Debes trabajar el dolor y la frustración que han producido las etiquetas. Llorarlo. Con moco, si es posible, pero llorarlo”.
Con los padres. “Hay que fortalecer en los padres el tema de la crianza saludable. Que sepan que el hijo no es su zafacón, alguien a quien hacerle o decirle todo lo que deseen, sino un ser humano que necesita desarrollarse en un ambiente saludable. Enseñarles que aunque ellos, los padres, hayan sido etiquetados o rechazados, su hijo merece una vida diferente”.
Con el niño. “Son excelentes para entender el lenguaje que a veces los adultos no podemos. Si le enseñas a temprana edad a dar amor, será un hombre amoroso, si le enseñas que los apodos y las burlas no son buenos, comenzará a reproducir ese comportamiento”.
La casa es el espacio ideal para que el niño que ha sido etiquetado exprese lo que está sintiendo sin miedo a ser rechazado por decir eso que siente, dice Alcántara.
En la adolescencia. “En esta etapa se trabaja con la metodología de pares el tema de la reducción del estigma y la discriminación y el tema de los derechos fundamentales de los seres humanos”.
Espacios para curar. “La mayoría de las instituciones no tenemos espacio para curar, espacios donde trabajar las emociones. En la escuela, por ejemplo, es un espacio donde el niño bravucón que se burla de los demás –en lugar de sacarlo del centro o decirle que es malo- pueda agarrar una masilla, estrujar un papel y desahogarse. Y en las empresas, señala, es un lugar donde los compañeros de trabajo pueden hablar, compartir, reflexionar.
La discriminación es la consecuencia de las etiquetas, resume Alcántara.
FUENTE: La Vida/Listin diario
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